LACASTASERIE
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#NOHASVISTONADAIGUAL

EL HOMBRE Y LA HORMIGA

Escrito hace 1 año

Era una tarde de viernes. Un padre de familia fue a recoger a su hijo al colegio, era una ocasión especial. Cuando el niño apareció y vio a su padre, andó lentamente hacia él ordenando sus cromos. No le miró a los ojos. Monstruos con superpoderes o estrellas de futbol con pelos inverosímiles, la colección solo podía ser de una de las dos cosas. En la tele lo ponían a todas horas, era lo guay.

Había un hormiguero al lado de un árbol cerca de la salida, en un pequeño espacio. Las filas de hormigas trabajaban con empeño y satisfacción, casi se podía ver su sonrisa. Alberto, el niño de los cromos dorados se acercó a él sin dudarlo y empezó a pisotearlo. La recta línea que formaban las hormigas se rompió bruscamente y huyeron en todas direcciones, completamente despavoridas. El padre se acercó y con una mueca de superioridad en la boca, no recriminó la actitud. Ellos eran seres superiores, muy por encima de esas hormigas tontas y excesivamente trabajadoras. Ellos decidían si vivían… o morían aplastadas por un pisotón. Estaban “por encima de ellas”.

Hacia tiempo que el padre no podía ir a recogerlo al cole. El contrato de 8 horas se había convertido en una jornada de 12, con un sueldo de 4. Alberto y su padre volvieron a casa andando, el coche de la familia estaba en el taller. 350.000 km y 14 años eran unas cifras de aguante considerables, la caja de cambios había dicho basta. Los créditos del automóvil no eran fáciles para una familia con una sola nómina, incluso para un coche de marca blanca. Cambiarlo llevaría un tiempo.

Al llegar a casa la madre les esperaba. El empleo que había conseguido, salía más caro que seguir sin trabajar. Contrato semanal, de 2 horas diarias (trabajando 4), un sueldo irrisorio, que obligaba a Alberto a quedarse en el comedor y extraescolares por la tarde. Más por ser mujer, cobraba un 20% menos. Pero lo que realmente le preocupaba es que había engordado un poco por la ansiedad. Las revistas de moda se acumulaban en un rincón.

Alberto sacó de su mochila todos los libros y cuadernos, llegaba la hora de hacer los deberes. Hoy era un día completo, y por suerte no tenía extraescolares. Le esperaban dos horas de ejercicios. Todo parecía enfocado, como si se estuviera preparando para aguantar un montón de horas sentado el resto de su vida sin rechistar. Era un poco aburrido, si por lo menos en el cole hubiera Teatro, Música y Arte, podría sacar todas esas cosas que tenia en la cabeza. Miraba por la ventana, suspirando profundamente. Quería correr y gritar.

El padre se sentó en su sillón, era un regalo de boda que le afianzaba como el macho alfa. Abrió su cerveza. Pensaba en la cena de Navidad, con el resto de la familia. Se tendría que sentar al lado de su cuñado antisistema, ese que protestaba por la corrupción contundentemente, porque decía que era la destrucción del futuro. Ese que creía que los medios estaban pagados para ensalzar o destruir a las personas o movimientos y esconder las más asquerosas vergüenzas políticas a cambio de publicidad institucional y pagos en B. Ese que decía que había que proteger la música, las artes, la filosofía y no se que más chorradas. Incrédulo. Si todos los políticos roban, todos son iguales. “Si estuviera yo, también lo haría”, pensaba el padre tomando un gran trago. “Si hay que rasgarse las vestiduras, lo que de verdad me cabrea es la bandera esa que han colgado del balcón del ayuntamiento”. Gesticulaba con rostro firme. “Eso si es grave, degenerados que no respetan las tradiciones, eso no se puede consentir”. Encendió el televisor. Empezó a hacer zapping, tenia 85 canales para hacerlo.

Y allí estaba él. Como Zeus observaba a los humanos, como un niño implacable observa a las hormigas… desde arriba, en silencio y a media luz. Como si de una casita de ratones se tratara, Mr Money contemplaba su obra. Los tres individuos en su pequeño cubículo pagado con sangre sufriendo por lo que él había decidido que sufrieran. Sentados, quietos y en la buena dirección. Quizá de momento no seria necesario aplastarles de un pisotón.